Con la llegada de la primavera, los viñedos mendocinos y de todo el hemisferio sur viven uno de los momentos más sensibles y fascinantes del ciclo anual: la brotación.
Este proceso marca el paso del letargo invernal a la reactivación vegetativa. A medida que la temperatura del suelo supera los 10 °C y las horas de luz aumentan, la savia comienza a moverse desde las raíces hacia los sarmientos dormidos. Es entonces cuando los ojos —esas yemas que parecían inertes durante el invierno— se hinchan y rompen su envoltura protectora, dando paso a los primeros brotes verdes de la temporada.

Desde el punto de vista fisiológico, la brotación se desencadena gracias a la acumulación de reservas energéticas generadas durante el ciclo anterior. Las sustancias de reserva almacenadas en la madera vieja alimentan los nuevos tejidos, permitiendo que la vid reinicie su crecimiento sin depender aún del proceso fotosintético.

En pocas semanas, las yemas desarrollan pequeñas hojas que comienzan a captar luz solar y a producir su propio alimento. Este despertar es vital, ya que de la cantidad y calidad de los brotes dependerá la futura estructura productiva del viñedo.
Una curiosidad interesante es que no todas las yemas brotan al mismo tiempo ni con la misma intensidad. Las vides tienen lo que se llama dominancia apical: las yemas ubicadas en la parte superior del sarmiento suelen brotar antes que las inferiores. Además, factores como la variedad, la edad del viñedo, la poda y la altitud influyen notablemente en la fecha y uniformidad de la brotación. Por ejemplo, cepas tempranas como el Chardonnay pueden adelantarse varios días respecto al Malbec o al Cabernet Sauvignon, lo que obliga a los viticultores a planificar con precisión las labores de manejo.

Sin embargo, este período de esplendor inicial también representa una etapa de alta vulnerabilidad. Los brotes jóvenes son extremadamente sensibles a las heladas tardías, un fenómeno que puede destruir en pocas horas el trabajo de todo un año. A esto se suman riesgos como el viento Zonda —capaz de deshidratar tejidos y quebrar brotes—, el granizo, o incluso ataques tempranos de plagas como trips o ácaros. Por eso, los productores suelen implementar estrategias de protección activa (torres de viento, riego por aspersión, velas o calefactores) y un monitoreo constante del clima.

Más allá de los desafíos, la brotación es el símbolo de la esperanza en el viñedo. Representa el comienzo de una nueva cosecha, el renacer cíclico que hace del vino un producto profundamente ligado a la naturaleza y al tiempo. Cada brote verde es una promesa: la promesa de racimos futuros, de aromas en formación y de historias que aún no fueron descorchadas.


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