Hola suegro, le traje este Cabernet

Hace un par de años, tuve la suerte de conocer a una muy linda señorita. Nos topábamos frecuentemente en juntadas de amigos, cumpleaños, etc.

Charla va, charla viene, quedamos en salir por primera vez a tomar algo. La buena conexión entre ambos era notable. A pesar de esto, ella era bastante resguardada con sus cosas. Cada vez que salía el tema de la familia, evitaba contarme. “Quiero que los conozcas vos” me decía.

Así es como junté coraje y acepté su invitación para cenar con toda su familia. Y cuando digo toda, me refiero a TODA.

Ese día, antes de llegar a su casa, pasé por lo de un amigo que tiene una cava más grande que mi livig-cocina-comedor. Le pido un vino para llevar y me da este Cabernet. “Con esto quedás como un duque” me dijo.

Algo retrasado pero con botella en mano, me dirigí a su casa.

Al llegar, con esa sonrisa de simpático que tanto me caracteriza, me paré frente a la puerta . Golpeo y me abre mi querida susodicha. “Llegás tarde, vení que ya estamos en la mesa”.

Paso a esta especie de comedor, y un gran silencio invadió toda la casa. La hermana más grande, la hermana mas chica, el novio, el hermanito de 6 años, la madre, el padre, su abuela paterna, su abuelo materno, el hermano, la novia, una tía extranjera y un tipo que jamás supe quién era, me miraron sin emitir una sola palabra.

– Buen provecho…
– Hola nene – me dice la madre.

Saludo uno por uno (cosas detestables si las hay) y cuando llego a mi futuro suegro le digo:

– Buenas noches, le traje este Cabernet.
– No tomo vino.

Dios. Bueno, no es nada del otro mundo, alguien lo iba a tomar.

– Bueno, lo dejo acá en la mesa para que tome el que quiera – digo mirando a todos.
– Acá nadie toma alcohol – me dice.

Claramente satán se estaba cagando de risa de mí. Para no quedar peor, igualmente lo dejé en la mesa.

Empiezan a traer fuentes y fuentes de comida. Pero algo no andaba bien… ¿Esta familia se alimentaba solo de ensaladas? Si, efectivamente. Esta familia solo se alimentaba de la comida de mi comida. Eran vegetarianos.

Mi futura esposa, o hacía tremendos esfuerzos para acompañarme en las comidas y bebidas durante las salidas, o le metía terriblemente a su familia. En fin. Espárragos, alcaucil, chauchas verdes, pimiento fresco, rabanitos, cuatro clases de porotos, lentejas, lechuga, tomate…

La cena transcurría normalmente respondiendo a cada una de las 11.000 preguntas que se me hicieron hasta que mi pseudo suegro esboza:

– ¿Y nene? ¿No te vas a tomar el vinito?

Sabía que este tipo me la estaba haciendo pasar mal, y para no ser menos respondí:

– ¡Pero por supuesto!

Y la cena continuó… 20 minutos más para mí.

De repente unos ruidos extraños empezaron a surgir de mi panza. Tenía una sinfonía, pero de The Walking Dead. Retorcijones. Puntadas. Gases. GASES.

La combinación de todas esas legumbres y verduras frías con el vino, no era lo mejor para mi digestión. Mi esfuerzo por mantener la compostura eran dignos de un premio nobel. Hasta que no aguanté más.

Muy como por debajo le dijo a mi jermu: “¿El baño?”. Bicha ella me mandó al de arriba.

Luego de unos placenteros 15 minutos, ya estaba listo para volver a la mesa.

Me aseo como corresponde, bajo la tapa del inodoro y tiro la cadena. Mi tranquilidad y relajación duró hasta que segundos más tardes, cuando salía del baño, empecé a escuchar unos “Glup, glup, glup”.

El miedo se apoderó de mí. No quería levantar esa tapa para ver qué pasaba. Pero lo tuve que hacer. Y cuando lo hice, todo, todo estaba ahí. Señores, había tapado el baño.

Como si nada, bajo y continúo la cena. “Espero un par de minutos y vuelvo a subir, total este de arriba no lo debe usar nadie” me dije. De las peores conclusiones que debo haber sacado en mi vida. No hago más que llegar a la mesa, y ese tipo, ese viejo, ese malnacido, no hace más que levantarse y decir: “Gorda, servime el postre, ya vengo, voy al baño.”

Listo. Ya estaba muerto. Liquidado. Fulminado. Esa era, o mejor dicho, fue mi perdición.

Mientras por lo bajo rezaba padre nuestros, ave marías y la mar en coche, siento que unos pasos pesados bajaban de la escalera muy lento.

De repente vi que todos miraron a mis espaldas, y quienes estaba a mi lado se dieron vuelta. No tuve más remedio que girar. Y ahí estaba ese demonio hecho persona, a la mitad de la escalera con una sopapa en la mano.

“Nene, ¿no te olvidaste de algo?”

Y así fue como esa primer (y única) visita a la casa de quien era mi saliente por ese entonces, terminó con quien les escribe, arremangado, aguantando la respiración y sopapeando hasta las 2 am.

 

Pablo Ponce
@pablop11

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